La Ley del Salero

Todos vamos por la vida con un salero en la mano, es un salero que tiene infinita sal, y con agujeros bien grandes, ya solo el movimiento del caminar va esparciendo sal a tu alrededor. Lo que llamamos La Ley del Salero.

Un día, había un hombre que andaba herido, tenía heridas profundas y sangrantes desde hacía mucho tiempo, también tenía otros rasguños más superficiales. Cada día el hombre salía de su casa y caminaba de un sitio a otro buscando algo que le hiciera sentirse bien: “Quizás encuentre una buena doctora que me cure”, se decía, o “Quizás si las dejo al aire irán cerrándose” pensó…

El problema es que a cada paso que andaba, topaba con alguien, y ese alguien -como no- llevaba su salero… el gentío de quienes iban por la vida, hacía inevitable que le cayera los granos de sal sobre las heridas. El hombre, dolido y dolorido, se volvía hacia esas personas con su salero y les decía “me haces daño”, “¿cómo se te ocurre hacer eso?”, farfullaba que nadie le entendía, que la gente era mala y que las cosas no deberían ser así…

Algunas de las personas a las que se enfrentaba, seguían sin hacerle demasiado caso, pero había otras, que dominadas por su propio dolor reaccionan sin capacidad de elección.

En una de la múltiples ocasiones que el hombre esparcía su sal con críticas y juicios por doquier, una mujer cogió su salero con fuerza y sacudió sal sobre el hombre allí donde más dolía, pues la mujer bien lo sabía, porque para quien quiere ver, las heridas están a la vista. El escozor era tan grande, que este agarró su propio salero y sacudió con toda su alma para responder a la agresión. Aquella sal cayó también sobre una profunda y sangrante herida abierta de la mujer, que ni ella misma sabía que tenía, por estar en lugar del cuerpo a donde no llegaba con su mirada… Los yodados granos la hicieron bramar todo tipo de improperios para dejar después una amarga sensación injusticia y tristeza.

Cada uno culpa al otro, piensan en su interior que la causa de su sufrimiento es el otro, la cuestión es ¿habría sido diferente si cada uno se hiciera cargo de sus propias heridas y las curara?, ¿la sal del otro puede ser la forma en que identifiquemos nuestras propias heridas, aquellas que ya no recordamos que teníamos?, si otro me echa su sal a posta o no, pero yo curé mi herida ¿reacciono o tengo capacidad de elección?

Todos tenemos salero y todos caminamos, así que todos esparcimos sal y todos somos alcanzados por la sal de otros saleros.
Todos tenemos salero y a veces lo usamos conscientemente, es decir sacudimos fuertemente el salero allí donde creemos que hace falta.

Donde hay cicatriz, la sal no escuece. Eres el único capaz de curarte.
No te alejes de la sal de la vida.

Valeria Aragón
Coach & NeuroTrainer

Deja un comentario