Fluyendo hacia mí. Mi rebrote

 In coaching

En el 7º curso de la apasionante formación que estoy haciendo en Eleva Escuela de Coaching (un viaje fascinante hacia un mundo curiosamente desconocido y  que, sin embargo, tenemos tan a nuestro alcance: nosotros mismos, el comportamiento humano, “la psique”, las emociones…)  hemos descubierto los geniales y amplísimos conceptos de IDENTIDAD, TALENTO Y CREATIVIDAD, que muchas veces consideramos como compartimentos estanco que tenemos o no tenemos, ¡y nada más lejos de la realidad! Son conceptos muy heterogéneos donde TODOS tenemos cabida.

Si nos fijamos bien, desde muy pequeños nos brotan como champiñones un montón de habilidades, cualidades, gustos, inquietudes, pasiones, y un sinfín de sueños… De repente, pasa un tren que nos lleva a la edad adulta tan rápido y con tantos factores que condicionan nuestras decisiones, que llegamos a enfrascarnos y enredarnos en otras historias que nos impiden incluso recordar en el momento presente, cuáles eran esos sueños y cualidades que nos hacían vibrar tan fuerte en la etapa previa al adulto aburrido 😉

A mi modo de ver  y resumiendo,  tenemos  de manera natural cantidad de habilidades a las que, en modo adulto,  muchas veces renunciamos  practicando  sólo algunas de ellas e ignorando  las restantes.  Ahí  nos  enfrascamos durante años y no es extraño que llegue un día en el que empecemos a tener el pensamiento nostálgico de que podemos  dar  y gozar  mucho más de lo que estamos haciendo hasta ahora. Según lo ferviente que sea ese pensamiento o lo preparados que estemos mentalmente para reconocerlo, dejaremos paso, o no, a los “rebrotes”.

Esta es mi opinión porque así lo he experimentado yo en mi vida, donde esos brotes, renuncias, enfrascamientos y rebrotes han ocurrido en etapas súper marcadas. Me doy cuenta ahora que estoy en fase rebrote, reencontrando y disfrutando todas las cualidades que sepulté hace años, y  donde espero quedarme mucho tiempo.

¿Cuáles eran mis brotes naturales? Hasta donde puedo recordar  era alegre, optimista, entusiasta, soñadora, sociable, afectiva, me gustaba pasar tiempo con mi gente, interaccionar con otras personas, escuchar sus problemas,  comunicarme con el exterior. Tenía la necesidad de mejorar lo que iba mal, de plantar cara si hacía falta e intentar conseguir que las cosas fueran justas, y si no lo eran o no podía cambiarlo,  me salía el genio.  A veces me enfadaba y defendía  bien mi posición. También era independiente  y necesitaba mi espacio. Me responsabilizaba de mis tareas. Era trabajadora y estudiosa a la par que rebelde; a veces desobedecía  y era alocada e impulsiva. Me gustaba divertirme, bailar, reírme, salir… Era sincera y también imprudente. Y muchos brotes más que eternizarían este artículo, además de otros tantos que ni recuerdo.

Algunas de esas cualidades, y seguro que alguna influencia más, me llevaron, desde muy joven (10 -12 años) a decidir que quería ser juez. Ahora pienso que es muy extraño que lo tuviera así de claro siendo tan pequeña, y aún más tratándose de una profesión tan seria y aburrida (con perdón de los jueces).  Había más cosas que me gustaban y que se me daban bien, pero nunca cambié de opinión. Sin embargo ahora, al leer los brotes verdes que he mencionado que tenía de manera innata, ¡se me ocurren un montón de profesiones distintas que podría hacer una persona con esas características!

Efectivamente “seguí mi camino”, estudié Derecho y, 5 años después, empecé la oposición de Judicatura.

En esa etapa llegaron las renuncias más crueles, el enfrascamiento: El bloqueo  vital.

Es una oposición dura, larga, sacrificada. La media aritmética dedicándote a ella en exclusiva es de 5 años, y subiendo. Hubo años buenos en los que me sentía bien. Sufriendo algo, como es lógico,  pero con buenos resultados y esperanzada.  Cambió  el panorama opositoril con la crisis económica en un momento en el que yo estaba muy quemada, y a la misma vez empecé mi crisis particular…Comencé a  desgastarme, a desmotivarme y a desinflarme, a sufrir más de la cuenta y en otros sentidos que el meramente académico, pero no veía más allá. Entré en un bucle insano. Pensaba que había apostado y sacrificado tanto que si lo dejaba “tiraría a la basura todos esos años de mi vida y todo mi futuro”. Literalmente pensaba, y llegué a decir: “Si no apruebo  la oposición de Juez no sé qué otra cosa podré ser. “Ya no sé hacer nada más que estudiar” “Era lo que había elegido y lo que se esperaba de mí”.  “Ya no me daba tiempo a empezar de cero”. ¡Ojo! En ese momento de crisis tendría unos 28 años (una cría…) y aún me duró el bucle dos años más, cuando tuve que parar a la fuerza porque me diagnosticaron un  cáncer de mama.

Lo bueno es que acababa de casarme y estaba realmente feliz por ello. La primera vez en muchos años que empezaba a ver un poco de luz al final del túnel. Seguía estudiando  aunque ya me planteaba presentarme a otras oposiciones de Justicia diferentes, que no me gustaban pero pensando en aprovechar todo lo que había estudiado y sacrificado hasta entonces. Se puede decir que seguía en bucle…

El cáncer fue una sacudida bestial. Una amenaza directa a mi vida que lo ponía todo patas arriba y que no tenía ningún sentido en ese momento. Una bomba que te cae de la nada y desajusta todo tu mundo, físico, psicológico y emocional. Te mueres de miedo ante la incertidumbre de no saber a qué sufrimiento vas a tener que enfrentarte, cómo reaccionará tu cuerpo,  y cómo terminará todo.

Dos semanas después del diagnóstico empecé la quimioterapia, 16 sesiones en 6 meses con las que conseguimos (yo también me incluyo, por supuesto), que se redujera el tumor y poder extirparlo posteriormente sin mastectomía. Dos cirugías y 33  radioterapias después, hicieron 1 año exacto de tumores, temores y tumultos, pero también de un increíble redescubrimiento de la vida y de mí misma.

Un pensamiento que al poco de diagnosticarme me empezó a inquietar fue si yo podría hacer algo por ayudar a la parte sana de mi cuerpo a ser más fuerte que las células locas; si podría incorporar a mis rutinas algunos hábitos que ayudaran a la quimioterapia a ser más eficaz con el cáncer y menos agresiva conmigo, si de alguna manera podría influir en mi bienestar y en  llevar el proceso lo mejor posible. Ese pensamiento era cada vez más potente…Me hacía ilusionarme, y esa ilusión me llevaba a la acción.

Vi claro que quería vivir a tope y disfrutar de la vida todo lo que no había podido los años anteriores. No tenía sentido un cáncer, pero menos aún morir sin haber vivido, ¡y yo apenas estaba empezando!   (¿Rebrote?)

Di carpetazo a la oposición y empecé a centrarme en mí. Leí, busqué, pregunté a dónde podía ir, y fui. Hablé con psicólogos de la AECC y realicé todos los talleres que llamaban mi atención sobre Inteligencia Emocional, Corporal, Nutrición, Estética…Comencé a hacer yoga, a meditar, a comer sano fijándome en los alimentos que pudieran ayudarme. Salía a andar siempre que podía para eliminar los tóxicos que iba concentrando mi cuerpo, y a la vez, el aire y el sol me cargaban de vitalidad.  Me rodeaba de las personas que quería, conversaba, les dedicaba tiempo. Conocí a gente nueva y maravillosa que estaba pasando lo mismo que yo. Decía que sí a todo lo que de verdad me apetecía y que no a lo que no me aportaba nada. Me dediqué a mí y a lo que me nutriera de felicidad  e intentaba buscarlo, siempre que el cuerpo me lo permitiera. Y le doy las gracias porque me lo permitió mucho más de lo que hubiera imaginado. Empezaba a recuperar ” mi yo “ en estado puro.

Era una sensación extraña. Tenía cáncer, una parte de mí se estaba destruyendo, pero paradójicamente me encontraba más viva que nunca.

Y así pasó el año más intenso y extraño de mi vida. Conseguí sobrevivir al cáncer, pero sobre todo conseguí recuperar “mi yo” esencial y reenfocar mis prioridades, con la certeza de que no puedo vivir renunciando a todo lo que soy haciendo caso solo a una pequeña parte.

“La etapa de después del cáncer” también se las trae. Y es que no termina de la noche a la mañana.  Puedes acabar algunos tratamientos y llegar a oír esas palabras celestiales (“estás limpia”), pero los efectos de lo que ya te han metido tardan en irse, tu cabeza va a medio gas, tienes revisiones y sigues con otros tratamientos. Te merodea en la mente un “¿y ahora qué?” cerebral muy impertinente. ¡Pues ahora a vivir que ya está bien, hombreeee! Lo cierto es que el cáncer ya ha entrado a formar parte de tu vida y hay que aprender a vivir con ello. Paso a paso, y cada paso lleva su tiempo.

Pero por encima de todas estas dificultades está mi rebrote;  haber conseguido renacer sintiendo la vida a tope, como antes de quedar sepultada en la creencia absurda de tener que ser algo determinado, y tener muy presente el quererme y respetarme siempre .  Un ejemplo de ello ha sido dejar un trabajo que me estaba haciendo entrar en la misma inercia inhumana de antaño. ¡Hay alarmas que ya saltan solas!

Ahora sé que puedo ser todas las cosas que me proponga siempre que me hagan feliz y vaya disfrutando por el camino.  Y sí, así es, ahora  tengo un trabajo como abogada  que se adapta mejor a mí, estoy haciendo esta formación en Coaching que me inspira y me fascina, escribo en mi blog transmitiendo lo que creo que puede ayudar a otros, busco tiempo para estar con las personas que quiero y tengo satisfecha esa necesidad de socialización, pero si me apetece estar sola, le hago ese  regalo a la persona más importante en mi vida: MI YO MÁS AUTÉNTICA.

¿Acaso no es coherente todo ello con los brotes naturales de los que hablaba al principio? Yo  SIENTO que sí. Y cuando eso pasa, cuando hago lo que soy… todo fluye, no hay resistencia.

Ya no me preocupa qué seré mañana, tengo muchos brotes en la manga.

Solo me preocuparé de que me haga feliz.

TERESA LÓPEZ RUIZ

Superviviente de cáncer de mama

Adicta a la vida.

Blog: http://mamalavida.com/

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